Germán Mariño

Bogotá, Enero 23 del 2009

 

Hace ocho días llegué de Buenos Aires donde pasé vacaciones con mi familia.

Y obviamente no me he salvado de enfrentar la terrible pregunta que todos le hacen al recién llegado: ¿Cómo le pareció Buenos Aires?

Mi respuesta, sin saber muy bien por qué, ha sido: Buenos Aires son sus puertas.

Para empezar, son inmensas; miden como cuatro metros de alto y fueron construidas a finales del siglo XIX. Además, son de madrea maciza, no de Triplex y todas tienen un buzón para las cartas. Se encuentran talladas con motivos exuberantes que las guías de turismo dicen que son Art Nouvo. Llevan también una aldaba de bronce con la cual hasta se podría hacer una campana.

Las estaba mirando reverencialmente en la Avenida Corrientes con Florida, me di cuenta que una de ellas, la azul, se encontraba entre abierta y me dieron unos deseos inmensos de abrirla. No para entrar, lo que me hubiera parecido un abuso; sólo para saber qué había detrás de ella.

¿Sería simplemente una larga escalera en Caracol?,¿un vestíbulo con pisos de mármol que conduciría a un ascensor de esos típicos de Buenos Aires que tiene dos puertas con “X” entrecruzadas?,¿aparecería una anciana decrépita de esas que deambulan solitarias por los cafés y que parecieran resistirse a morir?, ¿sería, acaso, únicamente una casona derruida- como en la Habana- que mostrara que Buenos Aires no escapa del Tercer Mundo o simplemente me saltaría un gato asustado maullando al ritmo de los compases de un tango?

Imposible saberlo sin intentar abrirla.

Y era muy fácil: me acercaría lentamente y despacio, como “sin querer queriendo”, la empujaría un poquito: quizá 10 centímetros o mejor 20.

Pero no fui capaz. La idea de que mi curiosidad podría ser mal interpretada y alguien pensara que yo era en realidad un ladrón me paralizó: estaba en Buenos Aires pero no pude dejar de ser Bogotano.